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Caballería desbocada por 2027
Aby Méndez - Entre Gracia y Verdad
2026/08/19 - 11:47
Para los que gustamos de seguir las actividades de la vida política en México en nada nos asombra que la lucha por el 2027 ya comenzó, aunque legalmente todavía no sea tiempo de campañas. Pudiera resultar un tanto divertido, si en realidad no fuera un tema delicado.
Resulta curioso que mientras aspirantes de Morena recorren calles, encabezan asambleas, se reúnen con ciudadanos y construyen posicionamiento político, pareciera que la única condición para no estar haciendo campaña es no llamarla “campaña”
Andrea Chávez en Chihuahua, Andy López Beltrán en Tabasco y otros cuadros del oficialismo han intensificado su presencia territorial bajo el argumento de realizar “asambleas”, recorridos o actividades partidistas. En el caso de Andy, incluso existe ya una denuncia ante el INE por presuntos actos anticipados. La autoridad tendrá que determinar caso por caso si existe una infracción, lo que no puede es ignorar el contexto, la exposición, los mensajes y la finalidad con la que se realizan estas actividades.
La Ley General de Instituciones y Procedimientos Electorales contempla como infracción la realización de actos anticipados de precampaña o campaña. Dependiendo de la conducta y de quién resulte responsable, las sanciones pueden ir desde amonestaciones y multas hasta consecuencias sobre el registro de una candidatura.
El INE tiene una responsabilidad que no puede evadir. Un árbitro electoral no puede limitarse a escuchar la palabra “¡campaña!” para intervenir. Si existen denuncias, tiene que investigar, fiscalizar y resolver. Si no existe infracción, también debe explicarlo. Porque esa percepción de permisividad, particularmente cuando se trata de figuras del partido gobernante, termina erosionando la confianza en una institución que debería ser precisamente el garante de la equidad.
Algo notorio en los últimos días, aunque legalmente es receso legislativo, es que esa anticipación también se refleja en el Congreso. Morena ha reconocido que alrededor de 40 de sus diputados podrían solicitar licencia para buscar gubernaturas y alcaldías,
mientras otros legisladores ya se han separado de sus cargos. Nada ilegal existe en aspirar a otro puesto; lo cuestionable es que el servicio público parezca convertirse cada vez más en una estación de paso hacia el siguiente cargo.
Pero en todo este intricado de la política y el poder, aparece otro tema: el nepotismo. La presidenta Claudia Sheinbaum ha intentado colocar un límite a la herencia de cargos entre familiares y ha planteado que Morena evite estas prácticas desde 2027, aunque la reforma constitucional aprobada por sus mismos compañeros de partido le pusieron un freno intentando ganar unos añitos más de juego para los suyos, y entonces tendrá efectos hasta 2030. Con esta rebeldía Morena y sus aliados demostraron que una cosa es lo que se pretende desde Palacio Nacional y otra lo que ocurre dentro de un movimiento donde existen grupos familiares con aspiraciones políticas perfectamente identificadas.
Porque el poder, amable lector, tiene esa vieja tentación: cuando se obtiene, parece que algunos quieren conservarlo, repartirlo entre los cercanos y, si es posible, heredarlo. Y ahí está la contradicción de fondo. No basta con cambiar las reglas si quienes las aplican o quienes aspiran a beneficiarse de ellas encuentran la manera de bordearlas. La democracia no puede convertirse en una competencia donde gana quien tiene más estructura para adelantarse, disposición de más recursos públicos para posicionarse o más apellido para garantizar continuidad.
Morena puede aspirar a conservar el poder. Sus militantes tienen derecho a competir. Pero exactamente el mismo derecho deben tener los demás partidos, bajo exactamente las mismas reglas.
La política debería ser una competencia por convencer a los ciudadanos de que se tiene la capacidad para gobernar. No una intensificación de apariciones y violaciones de leyes para lograr el objetivo de llegar al poder.
El mexicano está cansado de que le cambien el nombre a las mismas prácticas. Cansado de escuchar que antes estaba mal, pero que ahora es distinto porque quienes lo hacen son “los buenos”. Cansado de que el nepotismo sea condenable cuando lo ejerce el de enfrente y justificable cuando beneficia a los propios; cansado de que el uso político de los cargos se denuncie como corrupción cuando ocurre en la oposición y se disfrace de servicio cuando ocurre en casa.
Esa transformación que prometieron no puede consistir simplemente en cambiar de manos las viejas mañas. Si aquello que ayer denunciaban como privilegio, abuso, simulación y concentración del poder hoy se repite desde el gobierno, entonces el problema nunca fue la práctica: fue quién tenía el poder para ejercerla.
México merece algo más que una nueva versión de la vieja política. Merece que, por una vez, quienes llegaron prometiendo acabar con el pasado tengan el valor de no convertirse en aquello que juraron combatir. O de plano dejar de mentir, robar y traicionar.
Que nunca se permita el amiguismo, el influyentismo y nepotismo, ninguna de esas lacras de la política. A. M López Obrador (2022) PLOP
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