¿Renuncia o renunciado?
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Ni magna ni premium. Un México insultado por una empatía ausente.
Aby Méndez - Entre Gracia y Verdad
2026/04/15 - 10:32
Abigail Méndez
Tal parece que en México, las crisis que sacuden diariamente al país se han reducido a solo ser expuestas desde una distancia que lastima. Como si la realidad pudiera suavizarse con palabras, como si bastara un comentario ligero para responder a problemas profundamente complejos. La frase de la presidenta, “si no alcanza para premium, usen magna”, no es un desliz menor: es el reflejo de una mandataria que no toca el suelo que pisa la mayoría. Pereciera que nuestros gobernantes han perdido la capacidad de asombro y ya nada los vulnera.
Porque mientras desde arriba, desde un palacio con balcones para bronceado, se sugieren ajustes al modo de vida, abajo la vida se ha vuelto una suma de renuncias.
No es solo la gasolina: es el gas, la comida, el transporte, la renta. Es la sensación constante de que el dinero ya no alcanza, de que cada decisión implica sacrificar algo más. La economía no aprieta igual para todos, pero para millones se ha vuelto una carga diaria, un diario vivir con un Jesús en la boca, como decimos coloquialmente.
Lo más preocupante es que esta desconexión no se limita al ámbito económico del país. Es la misma desconexión con la que se abordan las demás crisis que atraviesan al país. Las desapariciones se reducen a cifras; los desplazados, a notas breve en
diarios locales; los feminicidios, a estadísticas que se repiten con una frialdad que es burla para un dolor real. Todo parece procesarse desde una oficina de estadistas, lejos del miedo, la incertidumbre y la indignación que se viven en las calles,
reduciéndonos a solo números.
Desde una escenografía con micrófonos y cobertura nacional las tragedias se
enumeran, pero no se atienden . Se comunican, pero no se sienten. Y en ese desfase, crece la percepción de abandono para los más desprotegidos. Porque para quienes buscan a un familiar, para quienes han tenido que dejar su hogar, para quienes viven con miedo, no hay margen para discursos lejanos y ser reducidos a números.
Lo mismo ocurre con la economía. Hay una clase entera que vive al límite, que sostiene al país desde el esfuerzo cotidiano y que, sin embargo, parece no estar en el centro de las decisiones. Personas que no piden privilegios, sino condiciones
mínimas para vivir con dignidad. Que no buscan explicaciones simplistas, sino respuestas reales.
Por eso, más allá de la frase, lo que queda es la sensación de una desconexión estructural. De un gobierno que responde, pero no escucha. Que habla, pero no entiende.
En este país tan herido por múltiples crisis, lo mínimo exigible ya no es solo eficacia, es empatía señora presidenta.
Porque cuando la realidad se mira desde lejos, desde arriba, desde un vehículo que solo funciona con premium, desde el real privilegio, todo lo que sucede abajo no solo parece pequeño, nos demuestran que simplemente no lo ven.
Pero para quienes viven y padecen la realidad de la escasez y la precariedad, cada día pesa. Y cada palabra, también.
AÑADIDURA:
Cuando los justos gobiernan, el pueblo se alegra; pero cuando los perversos están el poder, el pueblo gime. (Prov. 2G 2)
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