¿Renuncia o renunciado?
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Cuando nada cambia… El Mayo tenía razón.
Aby Méndez - Entre Gracia y Verdad
2026/02/25 - 10:38
Hay frases que, con el paso del tiempo, adquieren un peso casi profético. Recuerdo haber leído hace un tiempo una "verdad" lapidaria en la crónica que narraba un encuentro, aunque planeado, furtivo entre Julio Sherer y el capo de entonces Ismael “el Mayo” Zambada. Una crónica y entrevista digna de lectura.
"Si me atrapan o me matan nada cambia”.
En su momento sonó a arrogancia criminal; en el México de hoy resuena como diagnóstico estructural.
El reciente abatimiento de Nemesio Oseguera Cervantes, alias “el Mencho”, —y todo la violencia que se ha desencadenado a raíz de ello— no solo evidencia la capacidad operativa de los grupos delictivos, sino también las grietas de una estrategia de seguridad que durante años apostó por una narrativa distinta: "atender" las causas sociales para reducir la violencia.
La idea no es equivocada en lo teórico; lo fallido es creer que podía sustituir la acción coercitiva del Estado en territorios donde el crimen ya ejerce poder real.
El discurso de “abrazos, no balazos”, buscaba diferenciarse de sexenios anteriores marcados por confrontaciones abiertas con el crimen organizado, pero no buscaba congraciarse con la ciudadanía. A todas vista fue un guiño a las estructuras que los llevaron al poder.
Sin embargo, la realidad terminó imponiéndose. Lo ocurrido recientemente dejó claro que los abrazos no desarticulan estructuras criminales con capacidad militar, ni
reducen economías ilegales multimillonarias, ni eliminan organizaciones que operan con lógica empresarial y armamento de guerra.
Y entonces aparecieron los balazos.
No como estrategia deliberada, sino como consecuencia inevitable de haber
permitido que la fortaleza y dominio la impusieran durante demasiado tiempo, y con tanta libertad, la delincuencia organizada.
Cuando el Estado decide no confrontar, alguien más ocupa el espacio, así de claro. Y recuperarlo después implica costos mucho mayores: sociales, políticos y humanos.
La frase de Zambada cobra sentido actualmente porque el problema nunca ha sido un individuo, sino el sistema que lo sostiene.
El problema es que las estructuras siguen intactas. Capturar líderes sin desmontar redes financieras, políticas y territoriales produce ciclos de violencia previsibles
dónde el daño recae directamente en la ciudadanía que sigue implorando por mayor seguridad, y por dejar de ser las cifras que engrosan día a día los etiquetados “daños colaterales”, sin que nadie se responsabilice por ello. Cambian nombres, cambian rostros, pero esa estructura permanece incólume.
Lo verdaderamente preocupante es que México parece moverse entre dos extremos igualmente insuficientes: la confrontación sin estrategia integral o la integración social sin aplicación firme de la ley. Ninguno por sí solo ha funcionado.
La lección es incómoda pero necesaria: un Estado no puede apartarse de su función de garantizar seguridad. La política social es indispensable, por supuesto, pero no sustituye la autoridad. La inteligencia es clave, pero no reemplaza la presencia institucional. Y la narrativa, por poderosa que sea, no modifica la realidad si no está acompañada de resultados. Repetir que todo está color de rosa, no pintara el país de color rosa.
Quizá lo más inquietante de todo es reconocer que, al final, el capo tenía razón. Si las condiciones estructurales no cambian, las capturas tampoco cambian el fondo del problema.
Porque el desafío no es detener a un hombre. Es recuperar el Estado. Y ahí vamos perdiendo.
AÑADIDURA:
"La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo" Juan 14:27
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