¿Renuncia o renunciado?

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Negar también contamina.

Aby Méndez - Entre Gracia y Verdad

2026/03/25 - 11:51

En las costas de Veracruz, el olor a crudo no necesita confirmación oficial. Está ahí, incrustado en la arena, flotando en el agua, a la vista de todos en charcos de crudo a la orilla del mar. Está en la preocupación de pescadores, en la incertidumbre de familias enteras que viven de la pesca, está en la imagen de un ecosistema que vuelve a ser víctima.

Pero para las autoridades, ese derrame parece ser más una molestia mediática que una crisis ambiental. Y más allá del derrame en sí, lo verdaderamente alarmante es lo que revela: una vieja deuda, persistente y cada vez más costosa, que los gobiernos han acumulado con el medio ambiente.

La reacción institucional ha sido, una vez más, la negación. Como si ignorar el problema pudiera diluirlo o como si minimizarlo lo hiciera menos dañino.

Resulta particularmente preocupante la postura de la gobernadora Rocío Nahle, cuya respuesta ha transitado entre la tibieza y la omisión. En lugar de asumir el carácter que exige una emergencia de esta naturaleza, se opta por reducir el problema a su mínima expresión, como si se tratara de un incidente menor y no de un hecho con consecuencias profundas y de largo alcance.

Pero en Veracruz ya conocemos esta historia. Sabemos lo que significa que un desastre ambiental sea tratado como un asunto pasajero.

Sabemos que detrás de cada “no pasa nada” es un “ligero desbordamiento” hay daños que no se reparan con discursos.

Negar o suavizar una crisis ambiental no la detiene, la profundiza. Porque mientras se discute si el derrame es “grave” o no, el daño avanza. Y ese daño se acumula en un planeta tierra que ya no da tregua.

 

Durante años, los recursos naturales han sido tratados como si fueran inagotables, como si su deterioro no tuviera consecuencias inmediatas. Se ha privilegiado la rentabilidad política por encima de la sostenibilidad, se han pospuesto decisiones incómodas y se ha normalizado el abandono. Hoy, ese modelo nos alcanza. Y lo hace con crudeza

El calentamiento global no es una amenaza lejana. Es una realidad que se manifiesta en fenómenos cada vez más extremos, en ecosistemas más frágiles, en comunidades más vulnerables. Y sin embargo, seguimos actuando como si hubiera tiempo de sobra, como si reconocer la magnitud del problema aún pudiera esperar.

Hay una resistencia colectiva —y también política— a aceptar que estamos frente a un punto de quiebre. Preferimos pensar que los desastres son aislados, que no forman parte de un patrón más amplio. Nos cuesta asumir que cada derrame, cada incendio, cada sequía, cada inundación, cada huracán es una señal de advertencia que hemos decidido ignorar.

Veracruz no solo enfrenta un derrame de crudo. Enfrenta el reflejo de años de omisiones, de decisiones postergadas, de prioridades equivocadas. Y lo más grave es que, aun frente a la evidencia, seguimos dudando, seguimos minimizando, seguimos creyendo que mirar hacia otro lado hará que el problema y el crudo en nuestras playas desaparezca.

 

Lo creamos o no el medio ambiente está pasando la factura. El calentamiento global es una realidad. Con las negligencias e impericias de nuestras autoridades abonamos a su aceleración, aunque nosotros - individualmente - también tenemos gran peso de culpa.

 

Hoy es un derrame más en las costas de Veracruz, y mientras deciden si viene de una empresa particular o de ese elefante blanco llamado Dos Bocas lo tangible son los restos del petroleo nadando a su suerte.

 

A diferencia de la narrativa oficial, el petróleo sí deja huella. Y esa huella, tarde o temprano, terminará alcanzándonos a todos en todo.

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