¿Renuncia o renunciado?
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El espectáculo de existir. Viralizarse o extinguirse.
Aby Méndez - Entre Gracia y Verdad
2026/02/18 - 09:47
Abigail Méndez
Hay un cambio silencioso —pero profundo— ocurriendo en la sociedad: lo virtual nos está rebasando. Las pantallas dejaron de ser herramientas para convertirse en espacios donde se construye identidad, pertenencia y legitimidad social. En ese contexto, fenómenos que parecen no tener relación —como los jóvenes que se
identifican como therians y la presencia de Salma Hayek en la mañanera — en realidad comparten una raíz común: la influencia de lo digital sobre la manera en que entendemos quiénes somos y qué valoramos como sociedad.
El fenómeno therian no debería analizarse desde la burla fácil, sino desde la pregunta social de fondo: ¿qué está pasando con las nuevas generaciones que necesitan construir su identidad en comunidades virtuales para sentirse comprendidas? La
adolescencia siempre ha sido una etapa de búsqueda, pero hoy esa búsqueda ocurre bajo la mirada permanente de plataformas como TikTok o Instagram, donde la aceptación se mide en números y la pertenencia depende de la visibilidad. Cuando la validación externa se vuelve el principal espejo, la identidad corre el riesgo de
desconectarse de la experiencia humana concreta: el cuerpo, la convivencia, la realidad cotidiana, toda esa chispa humana del contacto y lo tangible.
Algo similar sucede cuando la política incorpora la lógica del espectáculo. La presencia de una celebridad en un espacio institucional no es problemática por sí misma; lo relevante es lo que simboliza: la necesidad de traducir la vida pública al lenguaje del entretenimiento para captar atención. La fama se convierte en puente emocional entre el poder y la ciudadanía, porque en una sociedad saturada de información, lo que no emociona no existe. Así, la narrativa pesa más que el contenido, la imagen más que la discusión, la percepción más que la realidad.
Ambos casos revelan una transformación cultural mayor: lo virtual está rebasando lo humano. Las relaciones se median por pantallas, las opiniones se forman en
algoritmos y las referencias de vida provienen de personas que muchas veces no conocemos fuera del dispositivo. El problema no es la tecnología; es la sustitución progresiva de la experiencia directa por su representación digital. Cuando esto ocurre, la sociedad comienza a perder anclas: hacer comunidad, diálogo intergeneracional, pensamiento crítico, contacto con la realidad tangible.
Las redes sociales no crean vacíos, los evidencian. Jóvenes que buscan identidad en comunidades virtuales y sociedades que necesitan celebridades para conectar con la política hablan de lo mismo: carencias de pertenencia, confianza y sentido colectivo. Sin bases sólidas —familiares, educativas o culturales— cualquier
tendencia puede convertirse en guía, cualquier influencer en referente y cualquier narrativa en verdad.
La pregunta no es si lo virtual seguirá creciendo; eso es inevitable. La pregunta es si lo humano tendrá la fuerza suficiente para no desaparecer detrás de la pantalla. Porque una sociedad que pierde contacto con su propia experiencia corre el riesgo de olvidar quién es… mientras cree estar más conectada que nunca.
AÑADIDURA:
“No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente” (Romanos 12:2).
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