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Cuando las palabras desde el poder lastiman: el caso de la ministra ríos y los nacidos por fecundación invitro
José David Pérez Vázquez - Diagnóstico Social
2026/03/12 - 12:34
Hay frases que, una vez pronunciadas, no caben en ninguna aclaración posterior. El pasado 10 de marzo, durante una sesión del Pleno de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, la ministra María Estela Ríos González lanzó al aire una afirmación que dejó atónitos a miles de mexicanos: quienes nacieron mediante fecundación in vitro podrían, según su razonamiento, no pertenecer formalmente a una familia. Horas después vino el desmentido, la contextualización, el "no era lo que quise decir." Pero desde la psicología, sabemos que el impacto de una palabra no espera a que su autor la corrija.
Quizás el error de fondo en el razonamiento de la ministra sea confundir el origen con el vínculo. Y esa confusión, en el siglo XXI, resulta no sólo conceptualmente equivocada, sino clínicamente peligrosa.
La psicología del desarrollo lleva décadas documentando que los lazos familiares no se definen por la forma en que ocurrió una concepción, sino por la calidad de la presencia, el cuidado sostenido y el apego que se construye con el tiempo. Un niño nacido mediante técnicas de reproducción asistida no es menos hijo, menor hermano, menor miembro de una familia que cualquier otro. Su historia de origen puede ser diferente, incluso compleja de procesar en ciertos momentos del desarrollo, pero esa complejidad no lo excluye de ningún círculo afectivo ni jurídico.
Sostener lo contrario no es solo una opinión jurídica cuestionable. Es un mensaje que cala directamente en la identidad de personas reales
Las figuras de autoridad y pocas lo son tanto como un ministro de la Suprema Corte no hablan en el vacío. Sus palabras tienen un peso simbólico que va mucho más allá de su intención original. Cuando alguien en este nivel sugiere que cierto tipo de origen podría invalidar la pertenencia a una familia, no está construyendo un argumento abstracto: está tocando la identidad de los niños que hoy crecen en esas familias, de los adolescentes que intentan entender quiénes son, y de los adultos que quizás ese día sintieron que su historia de vida necesitaba ser defendida una vez más.
La ministra Ríos salió a matizar sus palabras. Explicó que su intención era ilustrar otro punto, que no cuestionaba los derechos de nadie, que había sido malinterpretada. Puede ser. Pero hay un principio elemental en comunicación humana que ningún cargo público suspende: no somos dueños del efecto de lo que decimos.
Una nota aclaratoria no llega a la misma velocidad ni a los mismos oídos que la declaración original. No alcanza al niño que escuchó la frase en la televisión de su casa sin contexto alguno. No reconforta a la pareja que tardó años en lograr un embarazo mediante técnicas de reproducción asistida y que ese día sintió su familia cuestionada desde el máximo tribunal del país. La intención de quien habla no cancela la experiencia de quien escucha.
Este episodio no debería leerse como un tropiezo aislado. Es la expresión de una idea de familia que todavía habita ciertos espacios de poder en México y que choca frontalmente con la realidad social del país. Las familias mexicanas son hoy profundamente diversas: las hay monoparentales, homoparentales, reconstituidas, formadas por adopción, encabezadas por abuelos, o construidas con el apoyo de la ciencia reproductiva. Esa diversidad no es una amenaza al tejido social. Es el tejido social.
Resulta especialmente desconcertante que este tipo de razonamiento emerja en la institución que, en otras ocasiones, ha avanzado en el reconocimiento de los derechos de familias no tradicionales. La incoherencia institucional también tiene consecuencias psicológicas: genera desconfianza, incertidumbre y la sensación de que los derechos no son garantías sino favores que pueden retirarse en cualquier sesión plenaria.
No se trata de señalar a una persona ni de exigir una cabeza. Se trata de algo más importante y más difícil: de preguntarnos colectivamente qué tipo de lenguaje queremos que usen quienes tienen la responsabilidad de interpretar nuestras leyes. Porque las palabras de los poderosos no son solo palabras. Son marcos de referencia, son señales de quién pertenece y quién no, son mensajes que las personas interiorizan muchas veces sin darse cuenta.
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