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El lunes que aprendimos a sentirnos tristes
José David Pérez Vázquez - Diagnóstico Social
2026/01/21 - 09:35
El pasado lunes, mientras enero avanzaba con su acostumbrada lentitud y las promesas del Año Nuevo empezaban a perder brillo, volvió a circular una idea ya conocida: el Blue Monday, el llamado “lunes más triste del año”. No es un duelo nacional ni una fecha oficial, pero su sola mención suele ser suficiente para que muchas personas asientan con la cabeza, como si el cansancio emocional de ese día necesitara un nombre propio.
El término no nació en un consultorio ni en un laboratorio de investigación psicológica. Surgió, más bien, en el cruce entre la publicidad y el lenguaje de la ciencia. A mediados de la década de los dos mil, una campaña comercial presentó la idea de que el tercer lunes de enero podía calcularse como el punto más bajo del ánimo colectivo, a partir de variables como el clima, las deudas, el abandono de los propósitos de año nuevo y la distancia con respecto a las vacaciones. La ecuación nunca fue validada científicamente, pero el concepto sobrevivió, se popularizó y encontró un lugar estable en la conversación pública.
Lo interesante no es tanto si ese lunes es objetivamente más triste que los demás. La evidencia sugiere que no lo es. La pregunta relevante es por qué la idea resulta tan convincente.
Desde una perspectiva conductual, enero es un mes poco indulgente. Las rutinas se reactivan después de semanas de ruptura, el refuerzo inmediato de las celebraciones desaparece y el entorno ofrece menos estímulos placenteros. Hay menos luz solar, menos descanso y más exigencias. No se trata de depresión clínica, sino de un contexto que reduce las oportunidades de gratificación y aumenta la percepción de esfuerzo. El organismo responde de manera predecible: menos energía, menos motivación y mayor irritabilidad. El lunes, además, concentra simbólicamente el inicio de las obligaciones, lo que amplifica la sensación de carga.
La psicología aporta un matiz adicional. Nombrar un día como “el más triste del año” puede funcionar como un marco narrativo que organiza la experiencia emocional. Las personas no solo sienten, también interpretan lo que sienten. Cuando el malestar es esperado, se vuelve más visible. Cuando es compartido, a través de redes sociales, titulares o conversaciones cotidianas, se legitima. En ese sentido, el Blue Monday no crea la tristeza, pero puede darle permiso para expresarse.
El problema surge cuando la tristeza cotidiana se confunde con un trastorno psicológico. La tristeza, en sí misma, es una emoción adaptativa. Señala pérdida, cansancio o necesidad de ajuste. La depresión, en cambio, es persistente, profunda y discapacitante. Reducir la complejidad de la salud mental a un mal lunes puede trivializar experiencias que requieren atención clínica y acompañamiento profesional.
Paradójicamente, el Blue Monday también ha abierto una puerta. Cada año, alrededor de esta fecha, se habla más de bienestar emocional, de autocuidado y de la importancia de pedir ayuda. Lo que comenzó como una idea cuestionable se ha transformado en una oportunidad para recordar que el estado de ánimo no depende de una fórmula, sino de hábitos, contextos y vínculos.
Quizá el verdadero valor de ese lunes no esté en confirmar que estamos tristes, sino en preguntarnos qué estamos haciendo, individual y colectivamente, para construir semanas más habitables. Porque el ánimo no se decide por el calendario, pero sí se moldea, día a día, por la forma en que vivimos.
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