¿Renuncia o renunciado?

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El país que el mundo no debería ver.

José David Pérez Vázquez - Diagnóstico Social

2026/04/22 - 10:39

Hay momentos en que un país queda expuesto, no por lo que decide mostrar, sino por lo que no puede ocultar. México vive uno de esos momentos esta semana, y la coincidencia de los hechos resulta demasiado elocuente para ignorarla: a exactamente 51 días del partido inaugural del Mundial de Fútbol 2026 el evento más visto en la historia del planeta, que por primera vez se jugará en suelo mexicano junto a Estados Unidos y Canadá, el país amanece con dos heridas abiertas que dicen mucho más sobre su realidad cotidiana que cualquier discurso oficial.

El lunes 20 de abril, un hombre armado abrió fuego desde lo alto de la Pirámide de la Luna en la zona arqueológica de Teotihuacán. El saldo: una turista canadiense muere, trece personas heridas de diversas nacionalidades, y un agresor identificado como Julio César Jasso Ramírez que dejó notas aludiendo a una inspiración "más allá de la Tierra." El ataque no fue perpetrado por el crimen organizado, no siguió ninguna lógica de narco-violencia que podríamos llamar "contexto habitual"; fue algo distinto, algo que la presidenta Claudia Sheinbaum describió acertadamente como inédito: el primer tiroteo masivo en un sitio arqueológico del país.

El tiroteo no ocurrió en cualquier fecha. El 20 de abril marca el aniversario de la masacre de Columbine 27 años, la referencia que persiste como símbolo oscuro en la cultura del shooter masivo anglosajona. Que esa ideología haya cruzado a Teotihuacán, patrimonio de la humanidad, no es un dato menor: señala algo que México ha preferido no mirar de frente, convencido de que los tiroteos en lugares públicos eran "problema de allá," de los gringos y su Segunda Enmienda. Esta semana, ese confort se rompió.

La respuesta oficial fue rápida: Sheinbaum anunció arcos de rayos X y mayor presencia de la Guardia Nacional en zonas arqueológicas. Bien. Pero resulta inevitable preguntarse por qué no existía ningún control de acceso en un sitio que recibe más de millón y medio de visitantes al año. Y resulta aún más inevitable notar el contexto: la víctima principal era ciudadana canadiense, y Canadá es uno de los tres países anfitriones del Mundial. La prisa tiene nombre, y ese nombre termina en junio de 2026.

Aquí está el patrón que conviene nombrar sin eufemismos: México tiene una larga práctica de responder a las crisis según el peso mediático y la nacionalidad de sus víctimas. No es una acusación nueva, pero esta semana se vuelve especialmente gráfica. El tiroteo de Teotihuacán movilizó conferencias presidenciales de emergencia, compromisos concretos de infraestructura de seguridad y cobertura internacional durante horas.

El derrame en el Golfo que lleva semanas destruyendo el ecosistema costero, desplazando fauna marina, arrasando con el sustento de cientos de familias indígenas y pescadoras recibió, en proporción, una fracción de esa urgencia.

La diferencia no es de gravedad objetiva. Es de visibilidad. En Teotihuacán había cámaras, turistas extranjeros y un Mundial en el horizonte. En playa Salinas, en Pajapan, en Tatahuicapan, hay pescadores sin pasaporte prominente y sin reflector apuntándoles.

México no tiene un problema de imagen ante el mundo. Tiene un problema de justicia ante sí mismo. El Mundial no lo resolverá. Solo lo cubrirá, temporalmente, con la euforia de un gol.

Esto no es cinismo fácil ni anti patriotismo barato. México merece el Mundial, sus selecciones merecen el apoyo de su gente, y la fiesta del fútbol tiene un valor real para millones de personas. Pero una nación que entra al evento más importante de su historia reciente con una zona arqueológica recién bañada en sangre y un litoral recién bañado en petróleo tiene una deuda consigo misma que ningún himno ni ningún gol puede saldar.

El diagnóstico de esta semana no es alarmismo: es documentación. México es un país capaz de una grandeza extraordinaria y de una negligencia igual de extraordinaria. El desafío no es mostrar al mundo la primera y esconder la segunda. El desafío es que un día ambas queden en el mismo encuadre, sin que nadie apague la cámara.

 

 

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