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El derecho a una infancia privada en peligro de extinción
José David Pérez Vázquez - Diagnóstico Social
2025/11/26 - 10:05
Las redes son responsables de la depresión y ansiedad en la actualidad, ¿qué tan cierto es esto? Si bien las redes sociales han modificado la forma en que entendemos y comprendemos nuestra sociedad, y si no debemos negarlo se han convertido en el principal formador de nuestra manera de ver la vida, nuestra idea del éxito, del fracaso y del reconocimiento social, la pregunta sobre su impacto emocional vuelve a tomar fuerza. La reciente iniciativa presentada en el Congreso de la Ciudad de México por la diputada morenista Leonor Otegui reabrió este debate al advertir que niños y adolescentes están cada vez más expuestos a contenidos potencialmente dañinos y a una normalización de mensajes que pueden afectar su bienestar emocional. La propuesta busca regular la forma en que se promocionan productos en línea, particularmente aquellos difundidos por influencers, pero en su argumentación la legisladora mezcla temas como salud mental, publicidad engañosa y productos milagro, lo que termina oscureciendo una discusión que, en lugar de simplificarse, exige profundidad.
Responsabilizar a las redes sociales de la ansiedad y la depresión puede resultar tentador. Es una narrativa cómoda, casi tranquilizadora, porque plantea la ilusión de que el problema es externo, tecnológico, ajeno a nosotros. Sin embargo, la evidencia científica muestra un panorama más complejo. Existen asociaciones entre el uso intensivo de redes y síntomas de depresión y ansiedad, especialmente cuando el consumo es compulsivo, nocturno o vinculado a la comparación social. Aun así, otros estudios recientes demuestran que el tiempo de uso por sí mismo tiene una relación débil con el malestar emocional. No es la cantidad de horas lo que lástima, sino la calidad del contenido y la vulnerabilidad del usuario.
Detrás del pánico moral hay un dato que conviene recordar: las redes son un amplificador de problemas sociales preexistentes, no un generador autónomo. Lo que vemos en ellas es un reflejo distorsionado de nuestras aspiraciones, nuestras carencias y nuestras obsesiones colectivas. Regularlas puede ayudar, pero no resuelve la raíz.
A esta discusión se suma un problema silencioso que apenas empieza a ocupar espacio en el debate público: el fenómeno de los niños influencers. No se trata solo de menores que aparecen incidentalmente en redes, sino de niños cuya vida cotidiana se convierte en producto, en contenido, en mercancía. Niños que aprenden desde muy temprano que su imagen puede traducirse en likes, contratos y viralidad. Niños que internalizan la idea de que la validación llega a través de una pantalla.
La sociedad ha normalizado ver a menores realizando rutinas de baile, reseñando productos, compartiendo sus emociones más privadas y participando en dinámicas que, a la distancia, parecen inofensivas, pero que cargan un peso emocional difícil de medir. Es un fenómeno que exige una revisión profunda. Los niños no deberían estar interpretando su vida frente a una audiencia global. Deberían estar en la escuela, con sus pares, desarrollándose lejos de la cámara y acercándose a la esfera pública solo cuando, ya en la adolescencia o adultez, puedan decidir por sí mismos qué parte de su privacidad quieren entregar y cuál desean preservar.
Este es un ángulo que la discusión sobre redes sociales no puede seguir ignorando. No basta con regular influencers adultos o limitar la publicidad encubierta. Es indispensable cuestionar el modelo digital que convierte a los menores en contenido y que opera bajo la falsa premisa de que todo lo grabado y publicado en familia es inocuo. La infancia no debería pagarse con visitas ni con algoritmos.
La iniciativa de la diputada puede partir de una preocupación legítima, pero corre el riesgo de reducir un fenómeno complejo a un culpable demasiado sencillo. Si queremos proteger realmente la salud emocional de niños y jóvenes, debemos dejar de hablar de redes como si fueran una entidad abstracta y comenzar a hablar de los usos concretos que les damos. Necesitamos regulación inteligente, sí, pero también alfabetización digital desde edades tempranas, escuelas que enseñen pensamiento crítico y padres que comprendan su responsabilidad en un ecosistema que recompensa la sobreexposición.
Culpar a las plataformas es insuficiente. El verdadero diagnóstico social exige mirar hacia dentro, cuestionar el modelo cultural que hemos construido y asumir que, en un mundo donde todo puede mostrarse, proteger la privacidad de los menores se ha convertido en uno de los últimos actos de cuidado auténtico.
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