¿Y los huérfanos del PT?...

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Política de microondas

Eleaney Sesma - Diacrónico

2026/08/26 - 10:13

Hace unos días pensé que, si me sentara frente a mi hijo con una taza de café y varias horas por delante, tendría muchas historias que contarle. No sé si él las escucharía todas, probablemente me diría que algunas ya me las ha oído contar. Pero hay historias que una madre cuenta no porque el hijo no las conozca, sino porque sabe que, si no las cuenta, un día se perderán.

Le hablaría, por ejemplo, del maestro Juan Nicolás Callejas Arroyo, le contaría que aquel hombre que durante tantos años tuvo un peso enorme en la política veracruzana fue, antes que muchas otras cosas, maestro y dirigente sindical, que fue diputado federal por el distrito de Misantla y que su nombre quedó ligado a la historia de la Sección 32 del SNTE.

Le hablaría también de Gustavo Moreno Ramos, de Alfonso Arroyo Flores y de Cirino Boo Ríos, de aquellos hombres que hicieron política en otros tiempos, cuando las cosas —para bien o para mal— tenían otro ritmo y la política no cabía en una fotografía de Facebook ni en un mensaje de WhatsApp.

Le contaría de las disputas, de las alianzas, de los pleitos y de aquellas batallas internas que también construyeron al magisterio veracruzano, porque sí, hijo: la política también se hacía a golpe de palabra y había hombres que sabían hablar. Juan Nicolás Callejas Arroyo fue secretario general de la Sección 32 del SNTE y posteriormente ocupó cargos legislativos que lo llevaron hasta la Cámara de Diputados.

Gustavo Moreno Ramos también fue dirigente de esa sección sindical, diputado federal en dos ocasiones y presidente municipal de Misantla. Murió en 2021, cuando todavía participaba en la vida política y buscaba una diputación local, entonces tendría que explicarle a mi hijo que aquellos nombres no son solamente nombres, son memoria.

Porque Gustavo ya no está y Cirino Boo Ríos se fue también. Juan Nicolás Callejas murió en 2017 y el profesor, Alfonso Arroyo Flores ya se les había adelantado en 1984.

Nos quedan sus fotografías, sus discursos, sus anécdotas, sus aciertos y sus errores. Nos queda la memoria de una época en la que el magisterio tenía un peso político enorme en esta región. Durante muchos años, Misantla fue tierra de maestros y de dirigentes sindicales. Aquí se formaron y crecieron personajes que tuvieron influencia más allá de las aulas y del propio municipio. No es casual que el nombre de Misantla esté tan ligado a la historia política del magisterio veracruzano.

Y quizás por eso hoy me da por comparar, porque miro la política actual y me pregunto qué pasó ¿En qué momento dejamos de formar políticos para comenzar a fabricar candidatos? Antes, quien aspiraba a una diputación tenía que recorrer territorio, aprender a negociar, conocer a su gente, entender una causa, saber defender una posición y, si tenía la fortuna de llegar a una tribuna, por lo menos saber qué hacer con ella.

Hoy parece que basta con tener una fotografía adecuada, buenos amigos, una estructura prestada y la certeza —casi siempre inexplicable— de que uno será el elegido. La política de hoy se cocina en microondas, rápida, sin reposo, express y sin sazón

Y eso no significa que todo tiempo pasado haya sido mejor. No, aquellos hombres también tuvieron sus errores, sus excesos, sus pleitos y sus contradicciones, sería absurdo idealizarlos, pero tenían algo que hoy empiezo a extrañar: oficio.

Pienso en el maestro Callejas, en Gustavo Moreno, escucho las historias del profesor Alfonso Arroyo, de a todos los que fueron a pedirle ayuda y regresaron a su casa con una plaza de maestro, pienso en Cirino Boo, en aquellos políticos que podían defender una causa durante horas, discutirla, pelearla y regresar al día siguiente para seguirla defendiendo.

Pienso también en Constantino Aguilar y sus discursos encendidos en defensa del campo y de los campesinos, en Ernesto Cuevas y sus arrebatos desde la tribuna cuando reclamaba la rehabilitación de las carreteras de su distrito. Podían gustarnos o no, podíamos coincidir o no, pero sabíamos quiénes eran, qué defendían y de donde venían, y eso en política, no es poca cosa.

Hoy escucho a algunos aspirantes y candidatas hablar de sus sueños de llegar a una diputación, de ser los ungidos de su partido, de que ahora sí les toca, y confieso que mi oído —que estos días anda medio lastimado— agradece no escuchar demasiado. porque por ahora ya no quiero escuchar candidatos que creen que ganar una elección es cuestión de voluntad. Ni políticos que confunden popularidad con liderazgo, ni aspirantes que creen que una publicación en redes sustituye una trayectoria.

Hubo políticos que llegaron a una tribuna después de haber construido algo antes, maestros que no solamente enseñaban en las aulas, sino que también defendían a sus compañeros y también dirigentes que entendían que representar a un grupo significaba cargar con sus problemas. Hombres y mujeres que hicieron de la política una profesión, con todas sus luces y sus sombras. Hoy tenemos muchos aspirantes, fotografías, videos, discursos prefabricados y campañas que parecen comenzar antes de que siquiera exista una candidatura.

Espero que aun haya políticos capaces de dejar una historia que alguien quiera contar dentro de treinta años. Porque una cosa es querer ocupar una curul y otra muy distinta es merecer que alguien recuerde por qué alguna vez te sentaste en ella. Quizá eso sea lo que más extraño, no a los políticos de antes, extraño las causas, el compromiso, el oficio y sobre todo que alguien quiera llegar al poder porque tiene algo que defender y no solamente porque quiere llegar.

Mi hijo conoció a aquellos hombres, aunque no estuvo en los acontecimientos políticos, y solo los veía o escuchaba cuando visitaban la redacción de El Chiltepín, por eso disfruto contarle esas anécdotas, porque los recuerda y a veces hace comentarios sobre algo que su memoria de niño guardó en algún lugar, pero, sobre todo, porque así no estarán del todo muertos.

De eso se trata la memoria, de impedir que el olvido convierta nuestra historia política en comida rápida y perdón por la expresión…  pero “La política de microondas podrá calentar muy rápido, lo que nunca podrá hacer es cocinar una historia”.

 

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