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El hombre que no quiso ser diputado

Eleaney Sesma - Diacrónico

2026/07/22 - 10:22

La imagen del profesor Cirino Boo Ríos estaba colocada justo en el centro de la entrada principal del Palacio Municipal de Misantla. Sonreía, como tantas veces lo hizo cuando caminaba por estas calles y saludaba a la gente por su nombre o cuando una conversación terminaba inevitablemente en una de esas historias que solo él sabía contar.

Aquel sábado, mientras sus cenizas regresaban por última vez a la tierra que tanto amó, el Palacio Municipal volvió a abrirle las puertas, las que durante tres años cruzó siendo presidente municipal y desde donde tomó decisiones que marcaron el rumbo de Misantla. Las mismas puertas que ahora lo recibían únicamente para darle las gracias.

Mientras observaba aquella fotografía, no recordé primero al presidente municipal, tampoco al maestro, ni al dirigente sindical. Recordé a un hombre sentado en una banca del parque municipal, fumando un cigarro Marlboro rojo y comprendí que, probablemente, esa escena definía mucho mejor quién era el profesor Cirino Boo Ríos que cualquier discurso o cualquier currículum.

Fue en marzo de 2010 y la diputada local por Misantla solicitó licencia para buscar otra candidatura y, conforme a la ley, correspondía al profesor Cirino, como diputado suplente, acudir al Congreso del Estado para rendir protesta. Cualquier político habría salido de madrugada rumbo a Xalapa y habría preparado el traje desde la noche anterior, incluso habría llamado a la prensa para registrar el momento. Pero el profesor Cirino hizo exactamente lo contrario, dijo que no iría.

Decía que no compartía la idea de abandonar un cargo para buscar otro, que quien había recibido la confianza de los ciudadanos debía concluir el compromiso adquirido, era una convicción, no una estrategia. Y mientras en el Congreso lo esperaban para tomar protesta, él permanecía sentado en una banca del parque de Misantla, conversaba con agentes municipales, con líderes de colonia y con amigos. Con esa tranquilidad que solo tienen quienes no viven pendientes del siguiente cargo público. Recuerdo perfectamente aquella tarde, porque lo fui a entrevistar y le pregunté porque no iría, solo sonrió.

Muchos no entendíamos cómo alguien podía rechazar una curul. Dieciseis años después, creo que finalmente lo comprendí. No era desinterés, era congruencia y la congruencia siempre ha sido una especie en peligro de extinción dentro de la política.

Vivimos tiempos donde pareciera que los cargos públicos se coleccionan como trofeos, hay quienes cambian de puesto antes de concluir el anterior, brincan de una candidatura a otra, cambian de discurso o de ideales con la misma facilidad con la que cambian de oficina. Por eso aquella negativa del profesor Cirino sigue teniendo tanto valor. Porque renunció al privilegio de ocupar un espacio de poder para mantenerse fiel a una convicción. Y eso, en política, vale más que cualquier nombramiento. Quizá esa manera de entender el servicio público nació mucho antes.

Nació cuando era apenas un niño que quedó huérfano de madre y encontró en su tío Polo Ríos el respaldo para salir adelante, o talvez cuando obtuvo aquella beca que le permitió estudiar en la Escuela Normal de Perote, o en las aulas donde descubrió que enseñar no consistía solamente en transmitir conocimientos, sino en transformar vidas.

Durante décadas formó generaciones de estudiantes, fue director, supervisor escolar y jefe del Sector 26, pero nunca dejó de ser maestro, aun cuando la política tocó a su puerta. Su liderazgo dentro del magisterio lo llevó a caminar junto a hombres que marcaron la historia sindical de Veracruz: el profesor Alfonso Arroyo Flores, don Juan Nicolás Callejas Arroyo y Gustavo Moreno Ramos, con ellos ayudó a construir una etapa fundamental de la Sección 32 del SNTE.

Y desde ahí gestionó plazas, cambios y oportunidades para cientos de maestras y maestros que todavía hoy recuerdan que, cuando necesitaban una mano, encontraban en Cirino Boo Ríos una puerta abierta. Nunca hizo mucho ruido por ello, simplemente ayudaba, así era él.

Después llegó la Presidencia Municipal y quienes vivimos aquella administración recordamos algo que hoy parece difícil de imaginar. Había una regla que el profesor jamás quiso romper. Cada comunidad, cada colonia tenían cada año, una obra. Al concluir su gobierno, cada rincón de Misantla había recibido tres obras. No importaba si era una comunidad apartada, una colonia recién formada o el corazón mismo de la ciudad. Para él, todas merecían la misma atención.

Pero había otra decisión que hablaba todavía más de su amor por esta tierra, cuando había que contratar albañiles, operadores de maquinaria, choferes, empleados o prestadores de servicios para el Ayuntamiento, imponía una condición muy sencilla: debían ser misantecos.

Porque estaba convencido de que el dinero público también debía convertirse en bienestar para las familias de Misantla. Hoy esa idea parecería sencilla, pero en realidad, era profundamente humana. Quienes tuvimos el privilegio de caminar campañas con él, de compartir largas mañanas, tardes enteras y conversaciones sin prisa, sabemos que detrás de ese carácter firme vivía un hombre con un humor extraordinario.

Cirino era dueño de una ironía elegante, contaba historias que arrancaban carcajadas y, cuando todos seguíamos riendo, uno descubría que, sin darse cuenta, acababa de recibir una lección de vida. Tenía ese raro talento que poseen muy pocas personas, hacer pensar sin levantar la voz, enseñar sin parecer maestro, convencer sin imponer. Por eso su ausencia duele distinto, porque no solamente se fue un expresidente municipal. Se fue uno de esos hombres que daban identidad a una generación.

Mientras observaba aquella fotografía en la entrada del Palacio Municipal, pensé también en la maestra Lupita, imposible hablar del profesor Cirino sin recordarla, ella fue el corazón generoso del DIF Municipal, la mujer que convirtió la ayuda en una forma cotidiana de vivir.

Hace más de doce años que ella había partido y hace apenas unos meses la vida volvió a golpear a esta familia con la muerte de Jorge Alberto, su único hijo varón.

Hoy quedan Anuara Mileyka y Nadia Lorely, ocho nietos, quedan cientos de alumnos, incontables maestros que recibieron su respaldo, comunidades enteras que todavía recuerdan una obra, un camino, una gestión, cientos de amigos y aliados de la política, pero queda la memoria de un hombre que entendió que el poder nunca vale más que la palabra empeñada.

Mientras abandonaba el Palacio Municipal volví a mirar aquella fotografía, seguía sonriendo y las palabras del actual presidente municipal Omar René Jaén Domínguez, resonaron en mi pensamiento: “El profesor Cirino Boo Ríos nunca necesitó ocupar todos los cargos para convertirse en un hombre grande, le bastó con ocupar un lugar mucho más difícil, el corazón de su pueblo”.

Y ese cargo, afortunadamente pensé en voz alta, no tiene suplente.

 

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