¿Y los huérfanos del PT?...
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Yo tengo un defecto: me acuerdo
Eleaney Sesma - Diacrónico
2026/08/12 - 10:29
Eleaney Sesma
Tengo un defecto. Uno de esos que, con los años, he aprendido que no siempre resulta conveniente, especialmente cuando una se dedica a escribir sobre política, personajes públicos y esas historias que Veracruz se empeña en repetir con diferentes protagonistas.
Yo me acuerdo. Me acuerdo de las caras, de las voces, de las promesas, de los abrazos, de los pleitos y hasta de aquellas conversaciones que parecían insignificantes cuando ocurrieron, pero que con el tiempo terminan explicando muchas cosas. La memoria, dicen, es selectiva, la mía, en cambio, parece tener vida propia.
Guarda nombres, fechas, lugares, frases y escenas que quizá deberían haberse quedado en el camino. A veces pienso que sería mucho más sencillo olvidar ciertas cosas, pero no se me da. Quizá por eso escribo, porque escribir también es una manera de no dejar que la memoria se nos escape. Y en eso de recordar, Veracruz es una mina inagotable.
Aquí los personajes cambian de lugar, los discursos se acomodan a los tiempos, los enemigos de ayer pueden convertirse en aliados de mañana y las fotografías suelen tener una memoria mucho más corta que quienes aparecen en ellas, pero yo me acuerdo.
Me acuerdo de las historias que me han contado y de las que he visto con mis propios ojos, de las conversaciones que empezaron como un comentario al paso y terminaron convirtiéndose en noticia, de quienes alguna vez me buscaron para contarme algo antes que a nadie.
Y, precisamente por eso, últimamente me ha dado por pensar en alguien, en mi amigo el Tlacuache. No sé qué le pasa, hace tiempo que no me escribe, no llama. Ni aparece con esos datos que llegaban de primera mano, con ese olfato suyo para enterarse de lo que todavía no se convertía en noticia. Antes, de pronto, sonaba el teléfono.
—¿Ya sabes lo que está pasando?
Y ahí comenzaba la conversación. A veces era información, otras un chisme y la mayoría, una historia que necesitaba ser contada, yo escuchaba. Porque el Tlacuache tiene esa particular manera de mirar la política: entre la curiosidad, la malicia y la información que nunca llega completa, pero casi siempre llega a tiempo. Ahora, hay silencio, ni mensaje, ni llamada, nada.
Ni una de esas apariciones inesperadas que ya formaban parte de mi rutina y como una también tiene derecho a preocuparse, ya hasta estoy pensando que quizá se enfermó. Espero que no, porque si algo le ha pasado, quiero pensar que alguien me avisaría. Aunque también existe otra posibilidad, y esa me resulta mucho más divertida: quizá al Tlacuache también se le perdió la memoria.
Tal vez un día despertó y decidió que ya no tenía nada que contarme o quizá se cansó de alimentar mis historias o peor todavía, quizá encontró otra periodista a quien contarle sus secretos. Eso sí sería una traición, porque una puede perdonar muchas cosas, pero que el Tlacuache cambie de cronista, eso ya sería demasiado. Así que desde aquí hago un llamado público, aunque discreto, porque tampoco quiero exhibirlo:
Tlacuache, si estás bien, házmelo saber.
No tienes que contarme nada, no necesito información de primera mano, no quiero nombres, ni fechas, ni secretos, solo quiero saber que estás bien. Y si resulta que no estás enfermo, ni ocupado, ni escondido, ni dedicado a otra periodista, entonces tendré que aceptar la explicación más sencilla: se te olvidó que tienes una amiga que todavía se acuerda de ti.
Y mira que eso sí sería grave, porque yo tengo un defecto. Me acuerdo. Y de ti, Tlacuache, todavía me acuerdo.
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