Enemigo de mi enemigo, mi amigo...
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Abrazo oportuno, no eterno.
Emiliano Sesma - Póngale Fecha
2026/02/11 - 09:51
Emiliano Sesma.- En política no existen las fotografías inocentes. Cada gesto, cada abrazo y cada cercanía captada por una cámara es, en realidad, un mensaje cuidadosamente leído por quienes entienden el lenguaje del poder. La imagen que circula en redes sociales donde la senadora Andrea Chávez aparece cercana y afectuosa con Ignacio Mier, recién nombrado coordinador de los senadores de Morena, mientras a un costado se observa a Adán Augusto López —quien hasta hace poco ocupaba ese cargo— es una postal elocuente de cómo funcionan las dinámicas internas del poder. Más allá del protocolo o la cortesía institucional, la fotografía deja ver un reacomodo simbólico que refleja una constante histórica: en política, las lealtades rara vez son permanentes y las cercanías se ajustan según la dirección en la que se inclina la balanza.
Durante meses, Andrea Chávez fue identificada como una de las figuras más cercanas a Adán Augusto López, un vínculo político que le permitió crecer, posicionarse y proyectarse dentro del movimiento. Sin embargo, el relevo en la coordinación del Senado parece haber modificado las prioridades y los gestos. Hoy, Ignacio Mier concentra la conducción de la bancada, el control de la agenda legislativa y, sobre todo, la interlocución con el poder real del partido. No sorprende entonces que la senadora muestre una cercanía más marcada hacia quien hoy ostenta una posición estratégica, incluso mayor que la que se percibe hacia quien hasta hace poco era su aliado más visible. No es traición ni ruptura abierta; es, simplemente, política en su estado más puro.
Este tipo de escenas evidencian que en el ejercicio del poder las relaciones no se rigen por la gratitud ni por la historia compartida, sino por la utilidad del presente. La política es un terreno donde la conveniencia manda y donde las complacencias se ajustan con rapidez quirúrgica. Hoy se aplaude al líder en ascenso, mañana se toma distancia del que pierde influencia. Así, las sonrisas, los abrazos y las muestras públicas de respaldo no siempre responden a convicciones profundas, sino a cálculos fríos que buscan mantener vigencia, protección y proyección dentro de estructuras que cambian constantemente.
Este fenómeno no es exclusivo del ámbito federal ni del Senado de la República. La lógica se replica con la misma intensidad en la esfera estatal y local, donde ya se perciben los movimientos rumbo a las elecciones de 2027. A medida que se acerca la renovación de la Cámara de Diputados local y federal, comienzan a multiplicarse los cambios de liderazgo, las nuevas simpatías y las viejas lealtades que se diluyen. Personajes que ayer defendían una causa o un liderazgo hoy ajustan su discurso, cambian de bando o se acercan a quien consideran mejor posicionado en el tablero político. La coherencia suele ceder ante la supervivencia.
Lo que hoy vemos en una fotografía del Senado es, en realidad, un reflejo ampliado de cómo opera el sistema político mexicano: nada es fijo, nadie es indispensable y ningún liderazgo es eterno. Los equilibrios se rompen, se reconstruyen y vuelven a modificarse conforme avanzan los tiempos electorales. Quienes hoy están arriba saben que mañana pueden estar abajo, y quienes hoy son ignorados pueden convertirse en piezas clave. Por eso, los acercamientos no obedecen tanto a afinidades ideológicas como a la lectura puntual del momento político.
Al final, la imagen de Andrea Chávez, Ignacio Mier y Adán Augusto López no es un escándalo ni una anécdota menor; es una lección visual sobre la naturaleza voluble del poder. En política, los afectos duran lo que dura la influencia, las alianzas son temporales y la lealtad suele estar condicionada por la coyuntura. Hoy se rinde pleitesía a quien concentra el mando; mañana, si el viento cambia, cambiarán también los gestos. Así funciona el juego: a veces se está arriba, a veces abajo, y casi nunca en el mismo lugar por mucho tiempo.
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