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El agua no se equivoca de camino
Chiltepín - Extracto de Chiltepín
2026/10/07 - 10:55
Las inundaciones que en los últimos días han afectado a Xalapa vuelven a colocarnos frente a una realidad que, aunque incómoda, ya no podemos seguir ignorando: el problema no es solamente cuánto llueve, sino qué hemos hecho con el territorio que debe recibir esa agua.
Las precipitaciones registradas recientemente fueron extraordinarias, en la zona de Sefiplan se acumularon 71.7 milímetros en aproximadamente una hora, una cantidad capaz de rebasar la capacidad de conducción de los ríos Carneros y Papas. El agua entró a calles, viviendas y establecimientos comerciales, arrastró vehículos y dejó a su paso pérdidas materiales.
Xalapa ya no es aquella ciudad rodeada de grandes extensiones verdes que alguna vez conocimos. La expansión urbana ha transformado bosques, terrenos agrícolas, humedales y zonas naturales de escurrimiento en viviendas, vialidades, estacionamientos y establecimientos comerciales. El crecimiento de una ciudad es inevitable y, en muchos sentidos, deseable; lo que debe cuestionarse es si ese crecimiento ha respetado siempre la vocación natural del territorio.
Los datos del Instituto de Ecología deberían encender una alerta, investigadores han documentado que 299 hectáreas de Xalapa están urbanizadas en terrenos con pendientes de entre 0 y 2 por ciento que, por sus características hidráulicas y de suelo, son considerados no urbanizables. También han señalado que 83.6 por ciento de los eventos geológicos registrados en la ciudad ocurrieron en zonas con poca vegetación. Es decir, los árboles, el suelo y los espacios naturales no son elementos decorativos de una ciudad: son parte de su sistema de protección.
El caso de Híper San Bruno ha hecho todavía más visible esta discusión, la inundación provocada por el desbordamiento del río Carneros terminó en tragedia con la muerte de una joven trabajadora que quedó atrapada en el establecimiento. Al mismo tiempo, han surgido cuestionamientos sobre las características del terreno donde fue construido el inmueble, señalado en documentos oficiales citados por investigaciones periodísticas como humedal y zona de amortiguamiento pluvial.
No corresponde a un editorial sustituir a los peritos ni anticipar responsabilidades. Eso corresponde a las autoridades y a las investigaciones que deberán determinar qué ocurrió y si existieron omisiones, como lo planteó el secretario de gobierno Ricardo Ahued, en la matutina rueda de prensa de los lunes. Pero sí corresponde al periodismo formular las preguntas que la sociedad necesita escuchar: ¿cómo se autorizan construcciones en zonas cuya función natural está relacionada con el manejo del agua? ¿Qué estudios de riesgo se realizan antes de modificar un uso de suelo? ¿Quién verifica que las obras respeten los cauces y las zonas federales? ¿Qué sucede cuando una autorización urbana contradice la vocación natural de un terreno?
El propio Atlas de Riesgos del Estado ha identificado los antecedentes de desbordamiento del río Carneros y recomienda evitar construcciones de viviendas o puentes en su zona federal y sobre su cauce. Sin embargo, la ciudad continuó avanzando sobre espacios que durante siglos cumplieron una función natural, el agua no desaparece porque nosotros decidamos ponerle encima una plancha de concreto.
Ese es el mayor error de nuestra relación con el territorio, pensar que todo espacio libre es un espacio disponible para construir. Un humedal no es un terreno desperdiciado, un bosque no es un obstáculo para el desarrollo, una zona de escurrimiento no es un vacío urbano, un río no termina donde comienza el concreto, cada uno cumple una función dentro de un equilibrio que la naturaleza construyó durante mucho más tiempo del que ha necesitado nuestra ciudad para crecer.
Y cuando se rompe ese equilibrio, la factura llega en forma de inundaciones, deslaves, daños materiales y, en el peor de los casos, vidas humanas. Por eso, lo ocurrido en Xalapa debería obligarnos a revisar mucho más que los drenajes después de una tormenta. Debemos revisar cómo se están otorgando los permisos de uso de suelo, qué zonas seguimos urbanizando, qué áreas verdes estamos perdiendo y cuánto estamos invirtiendo en infraestructura para una ciudad que continúa creciendo.
No se trata de detener el desarrollo, sino de entender que desarrollar una ciudad también significa dónde no se debe construir. Una ciudad verdaderamente moderna es la que conserva los espacios que necesita para seguir siendo habitable y no llenar de concreto cada espacio disponible. Xalapa está pagando el precio de una expansión urbana que no respetó la vocación natural de su territorio. El agua no se equivoca de camino, somos nosotros quienes, muchas veces, le quitamos el suyo.
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