Los amarres listos para el 27...
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La desesperación sustituye al debate
Emiliano Sesma - Póngale Fecha
2026/06/03 - 10:20
Emiliano Sesma.- La sesión de este martes en el Congreso de Veracruz dejó algo más que un intercambio de acusaciones entre legisladores. También evidenció el preocupante nivel al que algunos actores políticos han reducido la función parlamentaria. En lugar de debates de altura, lo que se observó fue un espectáculo de señalamientos personales que poco aportan a los problemas reales de las y los veracruzanos.
Resulta llamativo que sea precisamente Héctor Yunes quien hoy pretenda erigirse como juez moral de la vida pública. Después de una larga trayectoria política que lo llevó a ocupar prácticamente todos los cargos posibles bajo las siglas del PRI, hoy aparece como un diputado sin partido, sin estructura política propia y con un futuro cada vez más incierto. La realidad es que los tiempos han cambiado y las viejas fórmulas de protagonismo mediático parecen no rendir los frutos de antes.
En ese contexto, no deja de parecer un intento desesperado por mantenerse vigente el recurrir a acusaciones estridentes contra una compañera legisladora. Porque una cosa es presentar denuncias formales, acompañadas de pruebas y sustentadas en los cauces institucionales; otra muy distinta es convertir la tribuna en un espacio para la descalificación permanente. Cuando las pruebas sobran, las palabras sobran también. Cuando las pruebas faltan, generalmente abundan los adjetivos.
La diputada Victoria Gutiérrez ha rechazado los señalamientos y ha manifestado su disposición para que cualquier situación sea revisada por las instancias competentes. Esa es precisamente la ruta correcta en un Estado de derecho: investigar, acreditar y sancionar si corresponde. No condenar desde la tribuna ni intentar construir culpabilidades a golpe de conferencia de prensa.
Además, vale la pena reflexionar sobre un aspecto que muchas veces se minimiza. Cuando un legislador utiliza reiteradamente su posición para lanzar ataques personales contra una compañera, atribuyéndole conductas indebidas sin que exista una resolución de autoridad competente, inevitablemente surgen cuestionamientos sobre si se está cruzando la línea hacia la violencia política contra las mujeres en razón de género. No toda crítica constituye violencia, por supuesto; pero tampoco puede ignorarse cuando los ataques adquieren tintes de hostigamiento político sistemático.
Paradójicamente, quien presume combatir privilegios parece añorar los tiempos en que los apellidos bastaban para garantizar candidaturas y espacios de poder. Hoy la realidad es distinta. La política exige resultados, cercanía con la ciudadanía y capacidad para construir acuerdos. Los discursos incendiarios pueden generar algunos titulares por unas horas, pero difícilmente construyen un proyecto de futuro.
Quizá ahí radique el verdadero problema. Cuando un político percibe que su margen de maniobra se reduce, que las estructuras que antes lo respaldaban se desmoronan y que las oportunidades hacia el futuro son cada vez más limitadas, la tentación de recurrir al escándalo como mecanismo de supervivencia política se vuelve enorme. Al final, para quien ya no cuenta con partido, ni con un grupo político sólido que lo respalde, cualquier reflector parece preferible al silencio. Por eso conviene ponerle fecha a las declaraciones del hoy legislador plurinominal sin partido, una condición que, por cierto, resulta paradójica desde su propio origen. Sus posicionamientos parecen más encaminados a mantenerse vigente en la conversación pública que a construir una propuesta política.
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