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La omisión también mata

Chiltepín - Extracto de Chiltepín

2026/04/22 - 10:39

La muerte de un menor de edad en Misantla, en circunstancias que apuntan a un posible suicidio, sacude más allá de la noticia inmediata. No es un hecho aislado ni un dato que deba consumirse con prisa, es en esencia, una llamada incómoda que atraviesa hogares, escuelas y espacios públicos. Cuando un adolescente de apenas 14 años decide —o se ve orillado— a terminar con su vida, la pregunta no es solo qué ocurrió, sino qué dejamos de ver.

La adolescencia es una etapa compleja, muchas veces minimizada por los adultos bajo la falsa premisa de que “ya se les pasará”. Sin embargo, en ese tránsito se acumulan presiones emocionales, sociales y familiares que no siempre encuentran cauce. La salud mental, aunque cada vez más presente en el discurso público, sigue cargando estigmas que dificultan pedir ayuda, hablar abiertamente o incluso reconocer que algo no está bien.

Las instituciones educativas, las autoridades y las familias comparten una responsabilidad que no puede delegarse ni fragmentarse. No se trata de buscar culpables, sino de reconocer que la prevención requiere atención constante, protocolos claros y, sobre todo, sensibilidad. La cercanía cotidiana con niñas, niños y adolescentes debería ser suficiente para detectar señales de alerta, pero muchas veces el ritmo de la vida moderna y la normalización del estrés emocional terminan por invisibilizarlas.

También es necesario que como sociedad revisemos la manera en que abordamos estos hechos. El respeto a la dignidad de la víctima y su familia debe prevalecer sobre el morbo o la especulación. Informar con responsabilidad implica entender que detrás de cada caso hay un entorno profundamente afectado, y que el tratamiento mediático puede contribuir a la reflexión o, por el contrario, a la revictimización.

Este suceso no debería quedar reducido a una cifra más ni a una nota pasajera. Obliga a detenernos, a escuchar más y a construir entornos donde hablar de emociones no sea motivo de vergüenza. Porque en ocasiones, lo que no se dice, lo que no se atiende a tiempo, termina pesando más que cualquier palabra.

 

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