Solo "la gober" podía juntarlos

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Después de la última conexión: “Los muertos que siguen publicando”

Eleaney Sesma - Diacrónico

2026/10/28 - 09:44

Eleaney Sesma

Cuando uno se entera de que alguien ha muerto, guarda silencio, quizá escribe unas palabras de despedida y sigue adelante. Pero semanas, meses o incluso años después, el difunto vuelve a aparecer en la pantalla: felicita cumpleaños, saluda a los amigos, comparte imágenes, recomienda candidatos o se suma a conversaciones como si la muerte hubiera sido apenas una pausa para actualizar la aplicación.

Antes que existiera la realidad virtual cuando las personas morían -a veces- dejaban una casa, una colección de fotografías, algunos libros, herencias y un puñado de recuerdos. Sin embargo, hoy “la realidad digital” es extraña, pues algunos que ya se han ido de este plano, dejan una cuenta de Facebook que parece tener más vida que nunca.

Las redes sociales nos acostumbraron a pensar que mientras una cuenta siga activa, su dueño sigue estando disponible. Un punto verde, una fotografía familiar, un comentario oportuno y pareciera que nada ha cambiado. Pero sí cambió lo esencial: la persona ya no está para decidir qué publica, a quién felicita, qué opinión sostiene o a quién le da su respaldo, o simplemente estar en silencio.

Y no, no escribo esto para cuestionar el dolor de una familia. Cada quien encuentra su manera de atravesar la ausencia. Hay quienes conservan mensajes de voz, quienes vuelven una y otra vez a las fotografías y quienes necesitan escribirle al ser querido que ya no puede responder. El duelo no tiene manual ni calendario, la pregunta que en estas fechas me hago es ¿cuándo dejamos de recordar a una persona y empezamos a hablar en su nombre?

Las redes tienen una manera curiosa de convertirlo todo en presente, cuando menos te lo imaginas te salta un recuerdo de hace quince años, y el corazón sufre un vuelco, los cumpleaños regresan como esa espiral infinita de la vida, los algoritmos nos juegan bromas y justo los domingos en la mañana te restriegan una foto romántica que creías olvidada. Es más borrada de tu perfil. Y zaz, de nuevo el corazón da un brinco cuando una cuenta puede seguir participando en la vida pública sin que los demás sepan si detrás de ese saludo hay un familiar, un administrador o alguien que simplemente decidió mantener encendida la voz digital de quien murió.

La tecnología nos permite programar publicaciones, conservar archivos y administrar perfiles, lo que todavía no resuelve es una pregunta mucho más humana: ¿tenemos derecho a decidir qué diría otra persona cuando ya no puede decirlo por sí misma? Tal vez alguien piense que es una manera de mantener viva su memoria. Puede ser, pero la memoria no necesita fingir que el muerto sigue conectado. Se puede recordar sin simular una conversación, se puede honrar sin convertir el nombre ajeno en una voz permanente.

Y si se trata de una figura pública, la pregunta adquiere otra dimensión. Un saludo puede parecer inofensivo, pero una opinión política, una recomendación o un respaldo publicado desde una cuenta que conserva la identidad del fallecido pueden hacer creer a los demás que él sigue tomando partido. ¿Quién responde entonces por esas palabras? ¿A quién pertenecen?

No siempre hay mala intención, y no toda cuenta que permanece activa implica una suplantación ilegal. Pero la ausencia de una explicación sí puede abrir un espacio de confusión que merece ser pensado con seriedad.

Quizá el problema no sea que los muertos sigan apareciendo en nuestras pantallas. Al fin y al cabo, también aparecen en nuestros sueños, en las canciones que escuchaban y en las historias que contamos de ellos. El problema empieza cuando en “la realidad virtual” ya no distinguimos entre evocarlos y hacerlos hablar.

Y hoy, mientras escribo sobre los muertos que siguen apareciendo en nuestras pantallas, me entero de la partida de Bernardo Gutiérrez Parra, periodista tuxpeño y autor de “Desde El Café”, cuya prosa tenía ese sello que distingue a quienes saben contar y hacer pensar. Quiero imaginar que ya anda reporteando en ese otro plano, llámese cielo, paraíso o como cada quien prefiera nombrarlo. Quizá en busca de una buena historia y entrevistando a los que se adelantaron o escribiendo su próxima columna desde una redacción donde ya no hay cierre de edición. Buen viaje, Bernardo.

Que nunca te falten historias y que tu palabra siga encontrando lectores en el “Kalinín”, y acá en la “katiyatni” tu perfil este en silencio y solo permanezca, como los recuerdos que se nos quedaron. Descanse en paz Bernardo Gutiérrez Parra.

 

 

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