¿Quién se quedó en el PT?...
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De oficina en oficina, hasta llegar a la alcaldía
Eleaney Sesma - Diacrónico
2026/10/14 - 10:59
Eleaney Sesma
La historia de Juan Martín González Gumecindo no comenzó con el PAN ni con su reciente incorporación a Morena. Hay que remontarse a sus años como funcionario municipal, cuando pasó por el DIF durante la etapa de Cruz Cuevas y posteriormente se incorporó al Ayuntamiento encabezado por Ernesto Cuevas Hernández, gobierno emanado del AVE.
Y aquí aparece un detalle que merece atención, los cambios en la presidencia municipal no significaron su salida. Incluso cuando Ernesto Cuevas dejó el cargo para asumir una diputación local y se produjeron relevos en el gobierno municipal, Juan Martín permaneció en la estructura administrativa. Más aún, con la llegada de Lizbeth Portilla Gumecindo, identificada políticamente con el PRD y enfrentada al grupo de los hermanos Cuevas, también continuó desempeñando funciones en la Presidencia.
Vaya capacidad para atravesar los cambios de gobierno sin perder su lugar en el Ayuntamiento, como decían los abuelos, hay quienes quieren estar bien con Dios y con el Diablo. Cuando uno observa esta trayectoria, la expresión viene a cuento, no porque la permanencia entre administraciones sea una falta, sino porque obliga a preguntarse qué explica una continuidad que sobrevivió a diferencias, partidos políticos y relevos políticos.
Después vino la candidatura del PAN, la llegada a la alcaldía y, apenas nueve meses después de asumir el cargo, la incorporación a Morena. Visto en perspectiva, el cambio de partido ya no puede analizarse de manera aislada: forma parte de una trayectoria que invita a examinar la relación entre las filiaciones partidistas, (AVE, PRD, PAN, Morena) la permanencia en el poder y los compromisos asumidos ante los ciudadanos.
La pregunta, entonces, no es solamente de qué color viste hoy Juan Martín. Las preguntas son muchas ¿qué explica esa capacidad de adaptación? ¿La experiencia y el trabajo, las relaciones personales o un pragmatismo político que coloca las lealtades en segundo plano? Tampoco significa que permanecer en un cargo entre distintas administraciones sea una irregularidad, pero si utilizar cada circunstancia política como escalera para llegar al siguiente peldaño.
En junio de 2025, González Gumecindo llegó a la alcaldía bajo las siglas del Partido Acción Nacional. Su triunfo fue estrecho: 3 mil 38 votos frente a los 2 mil 966 obtenidos por María Espinoza Meyer, candidata de la alianza Morena-PVEM. Una diferencia de apenas 72 sufragios en el resultado preliminar, que el cómputo oficial reportado posteriormente situó en 79. No fue una victoria arrolladora ni un cheque en blanco. Fue el resultado de una elección competida, en la que cada voto contó y cada ciudadano depositó su confianza en una propuesta política identificada con determinados colores y principios.
Pero la política veracruzana tiene esas vueltas de tuerca que a veces parecen escritas por un guionista con exceso de imaginación. En septiembre de 2026, cuando apenas habían transcurrido nueve meses desde que tomó protesta como presidente municipal, Juan Martín decidió cambiar el azul por el guinda e incorporarse a Morena. Su adhesión fue confirmada públicamente por el dirigente estatal morenista, Esteban Ramírez Zepeta. Y entonces la pregunta dejó de ser solamente electoral para convertirse en una cuestión de congruencia: ¿qué cambió en el alcalde? ¿Sus convicciones, sus afinidades políticas o simplemente la conveniencia de pertenecer a otra fuerza?
Nadie está condenado a militar toda la vida en un mismo partido, desde luego. Las convicciones pueden evolucionar, las diferencias pueden ser legítimas y los proyectos pueden transformarse. Pero cuando alguien conquista una alcaldía con unas siglas y, a menos de un año de asumir el cargo, se incorpora a la organización que fue su adversaria electoral, tiene la obligación política —y moral ante sus electores— de explicar sus razones. ¿Qué encontró en Morena que ya no encontraba en el PAN? ¿Qué principios lo llevaron a tomar la decisión? ¿O será que, en esta historia, los colores siempre fueron secundarios y lo verdaderamente importante era conservar un lugar en el tablero?
No puedo afirmar que el PAN haya sido, deliberadamente, un trampolín para llegar a la presidencia municipal. Eso corresponde a la interpretación política y a los hechos que cada quien pueda documentar. Pero sí puedo señalar que la secuencia de los acontecimientos permite formular una pregunta incómoda: ¿fue el partido una convicción o una plataforma electoral de la que el alcalde se bajó apenas encontró otra estación? Entonces habría que preguntarse qué tan firmes son los compromisos que se adquieren con los ciudadanos.
En Juchique de Ferrer también existen cuestionamientos sobre la integración del gobierno municipal, particularmente por la presunta incorporación de familiares de integrantes del Cabildo, entre ellos personas vinculadas a la síndica y a una regidora. Si estos señalamientos se sostienen documentalmente, merecen una revisión seria: quiénes fueron contratados, qué parentesco tienen con las autoridades, qué funciones desempeñan, quién autorizó sus nombramientos y si se cumplieron las disposiciones legales aplicables. El parentesco, por sí solo, no demuestra una infracción; pero tampoco puede utilizarse como argumento para cerrar la discusión sobre posibles conflictos de interés.
Lo mismo ocurre con las adquisiciones, las contrataciones y la adjudicación de obra pública. El dinero municipal no pertenece al alcalde, ni a los integrantes del Cabildo, ni a sus familias, ni al partido que les abrió las puertas. Es dinero público y, por lo tanto, debe ejercerse con legalidad, transparencia y resultados verificables. Las compras, los contratos y las obras deben poder explicarse con documentos, procedimientos y cuentas claras. Al órgano fiscalizador competente le corresponde revisar lo que legalmente proceda, y a la ciudadanía y al periodismo, dar seguimiento a las observaciones que pudieran surgir. No se trata de condenar antes de investigar, sino evitar que la opacidad se convierta en costumbre y que los antecedentes de daño patrimonial que pudieran detectarse pasen inadvertidos.
El 17 de enero de 2026 fue asesinado Emigdio Galán Gutiérrez, quien llevaba aproximadamente quince días al frente de la Policía Municipal. Su muerte, ocurrida en un rancho de la localidad de Xihuatlán, fue un hecho grave para Juchique de Ferrer. No existe, con los elementos aquí referidos, sustento para atribuir al alcalde responsabilidad por ese crimen ni para vincularlo con sus decisiones de gobierno. Pero la seguridad pública sigue siendo una obligación fundamental de cualquier administración municipal y merece atención, resultados y rendición de cuentas. Gobernar no consiste solamente en aparecer en fotografías, cambiar de partido o sumar adhesiones; consiste en responder por las necesidades de la población.
Y aquí cierro mi Diacrónico con una reflexión que no tiene color partidista: los ciudadanos pueden perdonar una derrota, discutir una decisión e incluso comprender un cambio de militancia. Lo que difícilmente deberían aceptar es que el poder se convierta en un fin en sí mismo y que las instituciones públicas se administren como si fueran patrimonio de quienes temporalmente las ocupan. Juan Martín González Gumecindo tiene derecho a explicar su incorporación a Morena, pero también tiene la obligación política de responder por su gestión. Porque cambiar de azul a guinda puede ser una decisión personal, demostrar que se gobierna con responsabilidad, transparencia y congruencia es una tarea que no se resuelve cambiando de camiseta. Y en Juchique de Ferrer, al parecer, todavía hay bastantes preguntas esperando respuesta.
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