Solo "la gober" podía juntarlos

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El patio volvió a abrir sus puertas… ¡Y todas las estrellas llegaron a Misantla!

El legendario centro nocturno resurgió de sus cenizas por una noche, entre divas, glamour y nostalgia. La familia Lavalle convirtió las celebraciones del Día de Muertos en un encuentro imposible con las grandes figuras del espectáculo mexicano.

Misantla, Ver. - / Saúl Meza

Misantla, Ver. | 2026/11/03 - 12:03

Saúl Meza.— Hay noches en las que una ciudad decide olvidarse de la realidad. Se pone sus mejores galas, se perfuma de nostalgia y se concede el lujo de viajar en el tiempo. Eso fue precisamente lo que ocurrió en Misantla, Veracruz, cuando el legendario centro nocturno El Patio, desaparecido entre las llamas, volvió a existir, aunque fuera por unas cuantas horas.

Y vaya que volvió con categoría.

Porque no todos los días tiene uno la oportunidad de encontrarse, en una misma velada, con María Félix, Silvia Pinal, Chavela Vargas, Paquita la del Barrio y Sasha Montenegro. Mucho menos de escuchar a Juan Gabriel mientras Vicente Fernández observa desde su lugar y Cantinflas se pasea entre los invitados.

Aquello parecía una de esas reuniones imposibles que solamente pueden organizarse en el más allá. O en Misantla, que para efectos del Día de Muertos viene siendo casi lo mismo.

La cita fue a las afueras del Hotel Don Pablo y el restaurante Candiles, en pleno corazón de la ciudad, donde desde las cinco y media de la tarde comenzaron a llegar los curiosos, los entusiastas y, por supuesto, quienes no estaban dispuestos a perderse semejante acontecimiento social.

No hubo necesidad de alfombra roja. La calle misma se convirtió en pasarela y el público terminó por abarrotar el lugar, como si de pronto aquel rincón de provincia se hubiera transformado en el centro de la vida nocturna del México de otros tiempos.

El anfitrión era nada menos que Emilio “El Tigre” Azcárraga, interpretado por Alberto Addad Lavalle. ¡Faltaba más! Si alguien podía reunir a semejante constelación de celebridades, tenía que ser el hombre que convirtió a la televisión mexicana en un imperio.

Para conducir la velada apareció Paco Malgesto, recreado por Pepe Cantellano, con esa solemnidad de los presentadores de antes, cuando anunciar a una estrella era casi un acto de Estado y el espectáculo conservaba cierta ceremonia que hoy parece haberse extraviado.

Y entonces comenzaron a llegar ellas.

María Félix, “La Doña”, apareció encarnada por Jossy Rico. Porque una cosa es asistir a una fiesta y otra muy distinta es hacerle el favor a una fiesta de asistir. María Félix pertenecía, naturalmente, a la segunda categoría.

Silvia Pinal, interpretada por Graciela Iñiguez, aportó la distinción de aquella época en la que las actrices eran verdaderas señoras del espectáculo. No simples celebridades: instituciones nacionales.

Por ahí andaba también Chavela Vargas, a quien dio vida Paco Meza. Chavela, que nunca necesitó demasiado para imponerse, parecía recordarnos que la elegancia también puede llevar pantalones, beber tequila y cantar con el corazón hecho pedazos.

Paquita la del Barrio, personificada por Rosa Salazar, completaba el cuadro femenino con esa maravillosa capacidad de decirles a los hombres lo que muchas mujeres han pensado y pocas se han atrevido a expresar.

Sasha Montenegro, interpretada por Adriana Bautista, representaba otro tipo de celebridad: la de las portadas, los escándalos, las miradas indiscretas y las conversaciones en voz baja. Porque hubo un tiempo en que la vida privada de las estrellas era casi tan importante como sus películas.

Y qué decir de Irma Serrano, “La Tigresa”, recreada por Palina Chacón. Porque donde aparecía La Tigresa, la discreción tenía la prudencia de retirarse. Su sola presencia evocaba aquella época en que el espectáculo mexicano era una deliciosa mezcla de política, lentejuelas, romances y extravagancias.

Entre los caballeros figuraban Vicente Fernández, interpretado por Pacho Pérez, con toda la presencia del charro mexicano; y Mauricio Garcés, encarnado por Daniel Romano, representante de aquellos galanes que conquistaban con una sonrisa, una mirada insinuante y una frase cuidadosamente pronunciada.

Manuel “El Loco” Valdés, recreado por Luis Pérez, puso la nota irreverente, mientras Cantinflas, interpretado por Daniela Addad Lavalle, recordó que el humor mexicano también tiene sus inmortales y que, para provocar una carcajada, a veces basta con enredar las palabras hasta convertirlas en arte.

Y como en toda gran noche de cabaret la música debía ocupar un lugar privilegiado, tampoco podía faltar Tito Puente, el legendario “Rey del Timbal”, recreado por Felipe Álvarez. Su presencia evocó aquellos años en los que las grandes orquestas, los ritmos tropicales y las pistas de baile eran parte indispensable de la vida nocturna.

Pero faltaba el invitado principal.

Y entonces apareció Juan Gabriel.

Roberto Montalvo asumió la responsabilidad de devolverle la vida, por una noche, al inolvidable Divo de Juárez. Y con él regresó esa particular manera de convertir una canción en confesión, un escenario en templo y al público en cómplice sentimental.

Porque Juan Gabriel tenía algo que no se aprende en ninguna academia: sabía que los mexicanos no solamente escuchamos canciones. Las sufrimos, las dedicamos, las lloramos y, cuando es necesario, las cantamos a todo pulmón.

Su concierto fue el momento central de una velada que tenía mucho de fantasía y otro tanto de homenaje. El público se dejó llevar por la música y por esa extraña sensación de estar presenciando un espectáculo que pertenecía a otra época.

Lo verdaderamente extraordinario, sin embargo, no estaba únicamente en las caracterizaciones, los vestuarios o la ambientación. Estaba en la idea misma de reunir a tantos personajes que forman parte de nuestra educación sentimental.

Todos ellos, de alguna manera, estuvieron presentes en las salas de nuestras casas, en las conversaciones de nuestras madres, en los discos de nuestros abuelos y en aquellas revistas que se hojeaban con una mezcla de admiración y curiosidad.

Eran los tiempos en que las estrellas parecían vivir en otro mundo. Un mundo de camerinos, joyas, abrigos de piel, automóviles elegantes, romances imposibles y noches interminables. Un México que conocimos a través de la televisión, el cine, la radio y las páginas de sociales.

La familia Lavalle, responsable de esta representación que año con año sorprende durante las celebraciones de Todos Santos, consiguió esta vez algo particularmente entrañable: convertir una calle de Misantla en un salón de la memoria nacional.

Y el público respondió. ¡Vaya si respondió!

El espacio resultó insuficiente para tantos espectadores que deseaban presenciar aquella reunión de celebridades imposibles. Familias enteras acudieron para disfrutar de una propuesta que, más allá del entretenimiento, ha comenzado a consolidarse como una expresión singular de las festividades locales.

Quizá porque, en el fondo, todos sentimos cierta debilidad por las épocas que no vivimos o que recordamos mejores de lo que fueron.

Nos gustan las divas porque ya casi no quedan divas. Nos fascinan los grandes cabarets porque desaparecieron. Extrañamos a los presentadores ceremoniosos, a los galanes de película, a las actrices que parecían inalcanzables y a los cantantes que podían llenar un teatro sin necesidad de una pantalla gigantesca.

Por eso resultó tan conmovedora aquella noche en Misantla.

El Patio, que alguna vez fue consumido por el fuego, volvió a encender sus luces gracias a la imaginación, el entusiasmo y la dedicación de una familia que ha encontrado en el Día de Muertos una manera singular de celebrar la vida.

Porque eso es, finalmente, lo que distingue a esta tradición mexicana: nuestra extraordinaria capacidad para sentar a los muertos a la mesa, conversar con ellos, recordar sus canciones y recibirlos como si jamás se hubieran marchado.

Y mientras las estrellas desfilaban ante un público maravillado, uno no podía evitar pensar en lo caprichosa que es la muerte.

Se lleva a los artistas, desaparece los escenarios, acaba con los grandes centros nocturnos, pero no consigue borrar del todo aquello que alguna vez nos hizo felices.

Alberto y Daniela Addad Lavalle, junto con quienes hicieron posible esta representación, lograron algo que merece reconocerse: reunir a la gran familia misanteca alrededor de un espectáculo que hizo de la nostalgia una celebración colectiva.

Porque, después de todo, no se necesita vivir en una gran capital para disfrutar de una noche de estrellas. A veces basta con una familia dispuesta a soñar, un público dispuesto a dejarse sorprender y una ciudad que sabe mantener vivas sus tradiciones.

El Patio cerró nuevamente sus puertas al terminar la función. Pero esta vez no hubo llamas ni despedidas definitivas. Solamente aplausos, recuerdos y la certeza de que las verdaderas estrellas nunca mueren mientras exista alguien dispuesto a volver a encenderles las luces.

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