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El vicio de las mentiras

Sergio González Levet - Sin Tacto

2026/05/22 - 10:46

Un paisano de mi pueblo que es muy ingenioso -aunque juntar misanteco con ocurrente viene a ser pleonasmo- tiene una idea muy peculiar sobre el asunto de las adicciones, en especial la que se refiere al trago.

—Uta —me explica—, dicen que el alcohol produce una dependencia crónica, pero yo digo que eso no es cierto. Mira, yo tengo 20 años emborrachándome a diario y no se me ha hecho vicio.

Lo cierto es que cada cual tiene su propia versión sobre las adicciones y que finalmente nadie se salva de padecer -o gozar- alguna. Y es que hay desenfrenos para todos los gustos, además de los muy conocidos que producen el alcohol, el tabaco, las drogas blandas, las drogas duras, las compras compulsivas y hasta hacer p3nd3j4d4as (si me disculpan la viga velada pudibundamente por el manto eufemístico de los números puestos en lugar de vocales).

Eso sí, las adicciones tienen que ser perniciosas, porque las bondadosas se llaman “costumbres”. Y se pueden tener prácticamente sobre lo que sea: a suspirar románticamente al ver a la persona amada, a leer el horóscopo diariamente, al sexo, a ser priista, a chismear sobre los vecinos, a sacar a pasear al perro para que contamine las calles con sus efluvios, a rascarse alguna parte ignota de la anatomía, a hablar mal del jefe, a discutir por un quítame esas pajas…

Y queda el vicio invicto de decir mentiras.

Hay quien cae en él por mero deporte (te saludo en donde estés, querido Fidel, maestro del género), por conveniencia, por temor, por maldad, por evitar castigos.

Se han vuelto tan mentirosos los seguidores de AMLO, que terminaron por instalarse en el artificio de acusar de embusteros a todos los demás: a los neoliberales, a los periodistas críticos, a los militantes de la oposición, al Papa, a

Trump, a los enfermos de cáncer, a las madres buscadoras, a los que claman por justicia, por libertad y por una vida digna.

Son tan adictos a la mitomanía los lopezobradoristas que la convirtieron en mitología y construyeron un templo del engaño al que llamaron “Las mañaneras” primero y después, en el colmo de la mentira, le completaron con “Las mañaneras del pueblo”.

Por eso la Presidenta no puede decir verdades. Tiene el gusanito de la invención crónica clavado en sus venas ideológicas y no puede más que fantasear con realidades a modo, como que el país va mejor que nunca, que la violencia está cesando, que no hay corrupción y que Morena no es un narcopartido.

Esa fea costumbre de no decir la verdad, toda la verdad y nadamás que la verdad terminó por convertirse en una necesidad fisiológica para los agraciados de la Cuarta Transformación, que han fundado religiosamente su conducta en la máxima divina de su patriarca: robar, mentir, traicionar al pueblo.

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